El origen del implante dental

Una de las preguntas que más recibe unortodoncista es si hay una edad máxima para hacerse la ortodoncia.

La respuesta es no, no existe una edad máxima para la ortodoncia. El poder hacérsela o no vendrá condicionado por la salud dental y gingival del paciente. Solo si la boca está sana será posible practicar una ortodoncia. La periodoncia o la presencia de caries podrían ser una de las causas para descartar una ortodoncia. En esos casos sería necesario que el paciente siguiese un tratamiento en la clínica dental antes de poder acudir al ortodoncista.

Quedan lejos los tiempos en los que se descartaba la ortodoncia en adultos alegando que en el “hueso adulto” ya no era posible desplazar las piezas dentarias.

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Una de las preguntas que más recibe unortodoncista es si hay una edad máxima para hacerse la ortodoncia.

La respuesta es no, no existe una edad máxima para la ortodoncia. El poder hacérsela o no vendrá condicionado por la salud dental y gingival del paciente. Solo si la boca está sana será posible practicar una ortodoncia. La periodoncia o la presencia de caries podrían ser una de las causas para descartar una ortodoncia. En esos casos sería necesario que el paciente siguiese un tratamiento en la clínica dental antes de poder acudir al ortodoncista.

Quedan lejos los tiempos en los que se descartaba la ortodoncia en adultos alegando que en el “hueso adulto” ya no era posible desplazar las piezas dentarias.

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El origen del implante dental tiene buena parte de sorpresa. Parece mentira que muchas de las cosas que descubrimos en el pasado hayan ocurrido en realidad. Veréis como el “implante dental” que conocemos nada tiene que ver con lo que fue en sus orígenes…

A la introducción del azúcar en Europa y la popularización de su consumo en el siglo XVII, se asoció un inevitable incremento de las caries, sumándose a la preocupante ausencia de higiene y los múltiples problemas dentales característicos de la época. Aquí se germinó el origen del implante dental.

Como consecuencia lógica de esta situación, y con un fin orientado claramente a la estética dental y no a la salud (sus usuarios se los quitaban generalmente para comer), aparecieron los primeros implantes dentales. Estos artilugios consistían en una base elaborada en madera, marfil o porcelana sobre la que se insertaban dientes de animales, reos condenados a muerte o incluso procedentes de la profanación de algunas tumbas. Resultaba extremadamente difícil conseguir estos componentes, sin embargo, tras la batalla de Waterloo en 1815 se produjo una importante transformación: las piezas dentales abarrotaron los mercados, haciendo posible el acceso de la gente con poder adquisitivo a piezas de gran calidad, procedentes de individuos sanos. ¿Qué por qué? Pues porque a los 50.000 jóvenes soldados que fallecieron en combate se les extrajeron los dientes antes de enterrarlos.

Desde ese momento y durante algún tiempo se denominaba “dientes de Waterloo” a todas las dentaduras compuestas por dientes sanos. Cualquiera se lo pensaría dos veces antes visitar a su odontólogo si no existiese el implante dental artificial, ¿eh?

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